El fútbol y el arte, ¿hasta dónde vamos a llegar?

El fútbol y el arte, ¿hasta dónde vamos a llegar?

Siempre he sido muy futbolero. No lo voy a negar. Pero desde hace unos años atrás hasta hoy mi amor por el deporte “rey” ha ido cayendo en picado hacia el descenso quedando así, como un mero pasatiempo que veo si no echan nada en la tele ni me apetece ver una serie de Netflix o Prime.

Pero comencemos desde el principio. Hace doce o quince años, cuando todavía echaban partidos de primera división en las autonómicas y el canal plus se codificaba a los cinco segundos de comenzar el encuentro, yo era un seguidor acérrimo del fútbol en general y del Barcelona en particular. No me perdía ni un partido. Podía ver encuentros de cuarquier liga, de cualquier división. He llegado a ver encuentros de clubes chinos, japoneses, australianos, de segunda división argentina… Partidos de todo tipo y me lo pasaba bien. Cuando era adolescente, creía fielmente que el fútbol era un arte. Sobre todo el trabajo del entrenador en las jugadas a balón parado. Y es lo único que no ha cambiado. Sin embargo, al pasar esa adolescencia y al ir formándome como supuesto hombre comencé a vivir el fútbol casi como si la vida se me fuera en ello. Craso error. Me metía muy de lleno en los partidos y acababa gritando y a once tíos que yo les importaba una mierda. Así de claro. Pero eso no era lo peor. Siempre había piques entre los amigos y los demás seguidores del fútbol que se encontraban en el bar. Cada uno con sus problemas y sus tragedias. Y todos íbamos a desahogarnos al mismo sitio. Gritando y peleando a veintidós tíos que con un partido que jugaran ya cobraban lo mismo -o más- que un pringao de mi ciudad en un año.

Con el paso de los años y la evolución positiva de mi como persona, fui dejando de ver fútbol gradualmente. Y cada vez que ponía un partido descubría el por qué. La euforia se convertía en desahogo y en gritos y peleas. Indudablemente, para mi el fútbol era nocivo. Gracias a ello descubrí un mundo que tenía más apartado, la lectura y la escritura. Pero sin desviarnos del tema central, me he ido dando cuenta de que el mundo está infestado de esas personas que hoy en día, con los huevos negros como dice mi madre, asaltan ciudades con el fútbol como excusa, llegando, incluso, a politizar cualquier acto deportivo y ensuciando un deporte tan bonito como el fútbol.

Lo más reciente nos llega a españa desde el otro lado del charco, y cito textualmente: “Hinchas de River desmiembran a golpes a un cerdo al grito de ‘Boca te vamos a matar’». ¿Adónde hemos llegado? o lo peor ¿a dónde vamos a llegar? No quiero ni pensarlo, por eso cada vez que hay un partido de fútbol, yo soy más listo o más feliz. Apago la tele y me pongo a leer o salgo a disfrutar de la familia. Definitivamente, el fútbol hay que disfrutarlo y la mejor manera es quedando con cuatro amigos e irse al parque y no chillando y gritando en nombre de un equipo que no te da ni las gracias.

 

Cambiando de tercio totalmente, hoy me he encontrado con esta noticia: “Los socialistas denuncian que la imagen que representará la próxima edición de la fiesta gastronómica está inspirada en una foto en la que aparecían el alcalde, Óscar Medina, y el presidente de Diputación, Elías Bendodo”

Mi pregunta es la siguiente: ¿En 2018 vamos a hablar de censura cual Lazarillo de Tormes en 1554 y el índice negro? por dios, dónde cojones vamos a llegar si no podemos llegar a expresarnos libremente a través del arte y la cultura. Al final del artículo os dejaré los enlaces para que juzguéis vosotros mismos las noticias, pero ese cartel puede estar inspirado en ese grupo de políticos igual que en un grupo de vecinos haciendo unas migas multitudinarias o una paella valenciana.

Es que estamos perdiendo el norte como sociedad. Los políticos por ser hoy en día personajes públicos y diana para todos, se quieren proteger de lo que siempre ha habido. Si ellos tienen derecho a poner leyes que le permitan salir airosos de cualquier polémica los hinchas deberían pagar multas por insultar desde sus casas a los deportistas rivales. O a los niños del colegio que pintan a un Messi o a un Ronaldo para un concurso de dibujo en el colegio.

El mundo está decayendo. Al arte y a las libertades de expresión se las están cargando con leyes absurdas. Todos somos libres de pensar lo que queramos o de plasmar en un cuadro lo que creamos conveniente, con denuncia social o sin ella, como se ha hecho toda la puñetera vida. Porque así es el ser humano: librepensadores. Cada uno tenemos nuestra opinión sobre diferentes temas y la expresamos como mejor sabemos. Pero desde arriba se están encaminando hacia el medievo nuevamente, queriendo controlarlo todo bajo presión de la inquisición y en nuestras manos está que consigan un pepino. Porque somos libres y la mayoría lo hacemos desde el respeto. Este cuadro lo único que tiene en común con la foto aludida es que sale tres o cuatro personas removiendo un gran perola de migas, si eso es plagio, que baje Dios y lo vea.

 

https://www.marca.com/buzz/2018/11/27/5bfcd68b22601dfd658b45fa.html

https://www.diariosur.es/axarquia/cartel-miga-20181125202638-nt.html

Gracias por llegar hasta aquí. Cuéntame qué te ha parecido en los comentarios. Un fuerte abrazo: David Árper

 

[RESEÑA] Seb Damon 3 14

Hace ya algún tiempo comencé a leer literatura independiente. Si no recuerdo mal, la primera obra que leí fue Los Caminantes I  Carlos Sisí, aquella versión que publicó en su blog. Era el boom del mundo Z y me dió por ello. Por aquel entonces no tenía muy claro que fuera un autopublicado y realmente, me entusiasmó la novela. Gracias a este hombre acabé relacionado con la mayor plataforma de literatura independiente del mundo. Luego, llegaron muchas lecturas más La cosmonave perdida o El callejón de Jack entre otras.

Unos meses atrás, durante el concurso indie de Amazon, salió a la venta una barbaridad de novelas de las cuales varias llamaron mi atención. Una de ellas lo hizo, además, de forma poderosa e ingeniosa. Hoy os traigo la reseña de una obra cuyo autor se ha esforzado sobremanera en promocionar de una forma un tanto diferente.

Se trata de Seb Damon 3 14 de Martín McCoy.

Una novela genial. Sencillamente. El autor la define como una novela a caballo entre la novela negra y la ciencia ficción. Yo diría que se trata de una novela negra que sucede en la Luna. Sí, que sucede en la Luna y estamos en 2048, pero eso mismo puede suceder en cualquier punto estelar, pero sobre todo pasa, desgraciadamente hoy en día, en la Tierra.

La premisa de la obra me parece que está llevada a cabo de una manera sublime. Pausado. Estéticamente correcta y con la fórmula del millón, esa que te deja con ganas de seguir leyendo. Las descripciones son muy gráficas y hacen que estés en el lugar, como si sujetarlas la cámara del periodista que sigue a todos lados a Seb en un docu-reality. Pero mejor.

Sí, he de admitir que emprendí esta lectura con muchas ganas y unas expectativas muy elevadas. Había leído tantas cosas sobre la obra que me daba miedo que no estuviese a la altura. Todo lo contrario. Conforme comenzaba a leer iba descubriendo una gran personalidad detrás de cada párrafo. Sentía cómo el autor se esforzaba para que todo quedara al punto cual filete. Dosis de humor entremezclada con un suceso realmente macabro. En un principio no llegué a creer que ese tipo de crimen llegase a funcionar y me llevé una sorpresa. No daba crédito a cómo se lleva a cabo la investigación y cómo se iba obteniendo resultados. Todo estaba bien hilado. Sin cabos sueltos. Nada estaba puesto porque sí. Todo tenía una lógica abismal con unos trazos bien delineados.

En cuanto al contenido del ebook, que es como yo me lo he leído, me llama la atención la advertencia inicial y su motivo. Es cierto que no es una novela de detectives al uso. Es diferente. Y muy buena, por cierto.  Está muy bien ordenada y es alegre de leer. Fácil y sin demasiadas cosas raras.

En definitiva podemos resumir esta obra como una primera obra que muchos autores consagrados querrían como propias. Sencillamente una buena lectura para este fin de semana o para cualquier otro.

 

Aquí os dejo el link de la obra para su adquisición en Amazon:  https://www.amazon.es/dp/B07F6S7ZTV/ref=cm_sw_r_cp_apa_i_.6-2BbKY9XC3C

 

Gracias a su autor por haberla lanzado. Estamos a la espera de nuevas aventuras del vecino Seb.

 

Un saludo: David Árper.

 

Si te ha gustado no dudes en dejar un mensaje en la casilla de abajo o en mandarme un correo electrónico a: [email protected]

Os dejo la dirección de mi blog por si querés ver más contenidos: http://davidarper.es/blog/

ALEÓNTRICA: GÉNESIS Capítulo 1

CAPÍTULO 1: La reunión

Era noche cerrada. La luna llena lanzaba sus rayos creando en la habitación unas zonas de penumbrosa agonía donde los haces de luz chocaban, ya inertes, contra los objetos materiales que en aquella estancia reposaban. Una mesa rectangular con siete sillas a su alrededor presidía la sala. Las cortinas, que estaban abiertas de par en par, eran de un tono burdeos que. con el reflejo del satélite, producía un escalofrío a quien se acercara por primera vez a la estancia en una noche como esta. Sobre el techo, colgaba una enorme lámpara de araña en la que habían sustituido las bombillas por cirios cuyas llamas resultaban de color azul.

En la sala reinaba el silencio más absoluto, roto solamente por el respirar de la única persona que hacía acto de presencia. Estaba sentado en la silla más alejada de la puerta, presidiendo la mesa, con un ordenador que se había quedado en estado de suspensión y del que salía un cable en el que en su extremo opuesto estaba enganchado a un proyector que lanzaba una luz azul hacia la pantalla que estaba situado justo detrás de él, un poco escorada a un lado.

Miró su reloj, era ya casi medianoche, por lo que los invitados estaban a punto de llegar así que presionó la tecla “enter” repetidas veces hasta que su portátil obedeció y se desperezó. Arrancó rápido mostrando en la lona blanca un clon de lo que aparecía en el monitor.

Deslizó el dedo por el “touchpad” y clicó dos veces sobre un icono que había en el centro del escritorio: un documento de presentaciones de diapositivas digitales. La lona en la que hacía unos minutos destellaba una luz azul mutó y ahora luce de negro azabache con una frase de color blanca justo en el centro.

El teléfono móvil sonó rompiendo la armonía del silencio. El señor, que estaba aún sentado en la silla, lo cogió sin dejarlo sonar mucho, como si estuviera esperando esa llamada. No dijo palabra alguna. Solo se limitó a oír lo que decían al otro lado de la línea telefónica. Al colgar la llamada, miró en su reloj la hora: las 23:58 y apagó el móvil. Se dirigió hacia el perchero que estaba situado a un lado de la puerta y lo guardó en el bolsillo interno de su americana. Miró a su alrededor comprobando que todo estuviera en un estricto orden metódico. Tres sillas a cada lado de la mesa y la suya presidiendo. En el centro, dos bandejas de plata de ley con sendas jarras de agua. Frente a las sillas, una carpeta negra para cada asistente y un vaso de tubo, boca abajo, sobre una servilleta negra.

Volvió a mirar la hora, medianoche. Abrió la puerta y cedió el paso a los invitados que, justo en ese momento, se estaban acercando a la sala de reuniones.

Los sietes tomaron asiento sin mediar palabra. Todos sabían dónde se debían sentar cada uno de antemano. De ese modo, todos pudieron observar que en la portada de la carpeta había escrito a mano un alias. En rotulador blanco. Y que ese alias, correspondía al que había rotulado en el respaldo de la silla. No había lugar a equivocación.

El silencio ya no era tan sepulcral. Se oían respiraciones de todo tipo, algunas casi imperceptibles, otras producidas por grandes fosas nasales deterioradas por el tabaco y los años. Pero no había ruido ni desorden. Todos sabían a la perfección qué debían hacer al llegar al edificio.

Una azafata entró en la sala, sin llamar a la puerta, simplemente la abrió. Introdujo un carro cubierto por una sábana y lo empujó hasta una de las esquinas de la sala. Después, le dio la vuelta a cada uno de los vasos que había sobre la mesa y sirvió agua de la jarra, sin llegar a colmarlos. Las dos jarras se acabaron y la señorita las retiró dejando en la mesa un espacio más amplio. Se dirigió al carro y lo guardó todo en la repisa inferior. Del mismo lugar, retiró siete plumas estilográficas que repartió a cada uno de los allí presentes, empezando por el anfitrión.

Acabado el protocolo de recepción de invitados, la azafata salió dejando en la estancia el carro con el que apareció. Tras cerrar la puerta, los siete se pusieron en pie, dejando sonar las sillas arrastrarse tras ellos. Todos, como si estuvieran sincronizados, alzaron su dedo índice de la mano izquierda al techo y colocaron el puño derecho en el pecho, a la altura del corazón. Cerraron los ojos con fuerza y, haciendo gran estruendo, gritaron al unísono una sola palabra, una letra mejor dicho: «A». Acto seguido, volvieron a tomar su asiento dejando la sala en un estado de total calma.

El anfitrión se puso en pie llamando la atención de todos los allí presentes. Sus manos jugueteaban con un aparato que tenía cierta similitud a un mando de apertura de las puertas de un garaje, pero que contaba con dos botones.

En ese momento, los asistentes tomaron su pluma y abrieron la carpeta y comprobaron, como era ya costumbre, que la primera hoja era un cuadrante donde debían apuntar la hora de todo lo que en las reuniones se decía. Se tenía que apuntar hasta el más mínimo detalle. Todos hicieron lo mismo, esa hoja la extrajeron de la carpeta y la pusieron más a su alcance ya que era la que más iban a usar. Así mismo, todos apuntaron sobre ella lo mismo: “00:07 el presidente de la sala se pone en pie para comenzar, oficialmente, la reunión”.

Cuando el anfitrión comprobó que todos habían terminado de escribir, con letra inteligible, aquella frase se dispuso a llamar la atención haciendo un leve carraspeo de garganta, siempre sin  hacer un excesivo ruido, sin perturbar la tranquilidad. Sin más pompa de la necesaria.

Todos dejaron la pluma estilográfica sobre el folio de la cuadrícula y alzaron la mirada hacia el presidente de la sala que estaba mirando la pantalla en la que se podía leer: “El proceso” con unas imponentes letras blancas sobre el fondo negro.

 

Comenzó a explicar las referencias y órdenes a cada uno de sus invitados. Cada uno de ellos estaba identificado con un nombre en clave, característico de cada país de origen.

Dividió a los seis miembros en tres parejas y comenzó a darles órdenes. El grupo primero estaba compuesto por Marc, un empresario belga y Jan, un joven policía neerlandés con grandes expectativas de futuro dentro del cuerpo. El segundo, lo componían Aaron, inglés, magnate del petróleo y Enrico, un empresario e influencer italiano. Para acabar, el tercero de los grupos estaba formado por un político francés, Pierre y un empresario del sector turístico de Portugal, Aleixo.

El comandante de esta operación se levantó de su silla cuando mencionaba estas parejas dando una vuelta alrededor de la mesa, por detrás de cada uno de los integrantes y dándoles una palmadita en la espalda a cada uno mientras sostenía en su rostro un aspecto de preocupación y seriedad. Entre sus dedos sostenía el mando digital que le servía para ir pasando las páginas de la diapositiva sin tener que agacharse para pulsar una tecla.

La segunda diapositiva mostró las parejas mediante fotos de los integrantes. Los participantes no torcieron su gesto en ningún momento. Sabían que estaban allí en favor de la causa y eso no permitía ni malos ni buenos gestos.

El presidente de aquel pequeño comité comenzó a dirigir la orquesta metafórica:

–La primera pareja de las mencionadas con anterioridad tendrá que disponer de un coche, todoterreno a ser posible. Comenzaréis vuestro acto de servicio a nuestra causa a la altura de la estación de metro del Liceu. Tiempo estimado de llegada al punto de encuentro: 6 minutos máximo.

Los dos hombres se miraron y luego apuntaron los escasos detalles que el comandante les había ofrecido.

–Más al norte –continuó señalando a los integrantes del grupo segundo–  vosotros os bajaréis del metro en la estación de la Monumental, os acomodaréis en vuestra tapadera, a vuestra elección, y comenzaréis vuestros actos de fe en la Sagrada Familia.

Aaron y Enrico hicieron lo mismo que sus compañeros, unas escasas notas y garabatos sobre un mapa cogieron forma casi ininteligible.

–Ustedes dos –señalando a los dos restantes– os encargaréis de la extracción –dijo mientras lanzaba a Aleixo unas llaves de un coche–. Esta furgoneta estará aparcada en un subterráneo, sabréis cual es en su debido momento. ¿Alguna duda?

Como era de costumbre en las lecciones del comandante, nadie se quedaba con dudas. Todos sabían a la perfección cuál debía ser su cometido. Daba igual si eran novatos o expertos. No cabía lugar a la duda.

–El domingo –dijo para finalizar–. Este domingo comenzarán los actos.

 

Solo quedaba alrededor de treinta horas para que los actos de fe comenzaran. Todo estaba debidamente calculado y aquel grupo no se volvería a encontrar hasta después de los actos que estaban planeando para aquel día. Un día en el que se despedirían por un tiempo.

Jan y Marc bajaron del metro en el paseo marítimo de Barcelona. Estaban vestidos ambos de corte casual, unos tejanos y una camiseta de manga corta. La diferencia era que Marc llevaba una mochila en su espalda. Ambos caminaron despacio, pero sin pausas, hasta el primer aparcamiento público que encontraron. No les costó mucho ya que lo tenían marcado en su mapa. Más tiempo les costó encontrar un vehículo de acuerdo a las especificaciones del comandante. Al final, acertaron con el vehículo que estaban buscando. Se trataba de un todoterreno de corte de la época. Un Nissan Terrano con un gran paragolpes delantero y con la suspensión elevada. Jan usó su ganzúa especial para abrir el coche mientras Marc activaba un dispositivo para neutralizar la alarma. Una vez las puertas estaban abiertas colocaron el dispositivo en la guantera. Marc sacó de su mochila un par de camisetas negras de manga larga y un par de máscaras. Las caretas eran de cuero y emulaban a las que usaban los antiguos médicos de la peste.

 

El segundo grupo subió a la superficie en la estación de la Monumental. Ellos llevaban unos vaqueros y una sudadera. Ambos se escondieron en un portal para quitarse esa indumentaria y dejar a la vista la que llevaban justo debajo. Unas mallas deportivas largas y una camiseta de manga larga negra.

La ropa que se habían quitado la introdujeron en una mochila que llevaban y de la cual sacaron las máscaras y unas pelotas y bolos de malabares. Con la indumentaria puesta, comenzaron a hacer malabares por las calles, recorriendo así los metros que separaban su punto de salida con el de acción.

Por el camino, soltaron la mochila en un contenedor que ardió tras sus pasos. No dejaron de hacer malabares con aquellas pelotas de globo rellenas de alpiste de pájaro y unos bolos que habían comprado a un malabarista el día anterior.  

Poco a poco el tiempo se iba consumiendo y necesitaban llegar al punto de salida de los actos. Iban retrasados pero con suficiente margen. Una voz por el pinganillo de la oreja sonó y les advirtió de que les quedaba un minuto para que dieran comienzo su «espectáculo». Ambos se dieron más prisa.

Eran personas sanas y deportistas, por lo que no les molestó comenzar a correr un par de cientos de metros antes de la cuenta.

Así lo hicieron. En cuanto llegaron a la plaza de la Sagrada Familia, abarrotada de barceloneses y turistas, sacaron de sus guardas un cuchillo y, sin dejar de correr, comenzaron a acuchillar, rebanar y apuñalar a todas las personas adultas que se encontraron por el camino, atravesando la plaza completamente y dejando más de cien víctimas a su paso.

 

El grupo de extracción encontró un coche de siete plazas que estaba bien situado  cerca del punto de reunión. Lo abrieron sin discreción, de un golpe en la ventanilla y le hicieron un puente para arrancarlo. Debían de estar muy atentos al pinganillo y a los dos horizontes de los cuales podían llegar sus compañeros.

 

El primer grupo comenzó su trayecto, despacito y sin llamar la atención, hasta que entraron el la calle de Las Ramblas. Un acelerón marcó el pitido inicial del partido. El coche comenzó a ganar velocidad rápidamente hasta que golpeó a la primera de las víctimas. Sin detenerse siguió acelerando y arrollando a una gran multitud de personas que por allí caminaban sin saber el final que les esperaba en aquel plácido domingo de tiendas abiertas.

Innumerables heridos y fallecidos dejaron a su paso, llegando al punto de encuentro, Verdaguer, en menos tiempo del estimado.

El plan estaba saliendo a la perfección. Soltaron el coche y corrieron, aún con la máscara, hacia sus compañeros. Los cuatro estaban dentro del coche, ya arrancado, esperando al grupo de a pie. No tardaron mucho en llegar. El coche comenzó a moverse y tanto Aaron como Enrico entraron con el automóvil en marcha.

No recorrieron muchos metros cuando en la puerta de un aparcamiento subterráneo  vieron un cartel propagandístico con la cara del Comandante. No lo dudaron y entraron. Descendieron hasta la última planta y aparcaron el coche. Todos se cambiaron de ropa a algo casual y, nuevamente, jugaron con fuego prendiendo el coche para no dejar rastro. Aleixo pulsó varias veces el botón de la llave del coche que el anfitrión de aquella reunión le había dado.

De pronto, los intermitentes de una Mercedes Vito de color negro parpadeó. Era un vehículo diplomático con matrícula portuguesa. Aleixo se montó en el lado del piloto y el resto lo hicieron detrás.

Saliendo del parking oyeron por el pinganillo la última de las órdenes.

–Venid a recogerme al Palacio Güell, tenemos un largo camino hacia Portugal.

 

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Mi propósito

Mi propósito para este 2018

 

Este año comienza cargado de emociones y sensaciones positivas que me hacen augurar que 2018 será un año aún mejor, si cabe, que el pasado 17.

Pero como no se trata solo de sensaciones, si no de actos y actitudes, este año lo he planteado por todo lo alto, e independientemente de si cumplo o no con todos los requisitos, no dudemos en que daré todo lo posible de mi para llevar a cabo todos los proyectos literarios que en mi cabeza barrunto.

Ya hice con anterioridad en el blog un artículo sobre mis proyectos, pero esos eran a largo plazo. En este periodo anual, quiero presentar en sociedad tres libros. Tres ideas que se están preparando y cocinando a fuego lento.

Se trata de la segunda y la tercera parte de Aleóntrica (más adelante haré una reseña de cómo va el proceso de creación) y, además, una obra autoconclusiva independiente, posiblemente ambientada en un mundo de fantasía o sobrenatural. Este aspecto aún no está claro del todo. Sin embargo, lo más probable es que acabe publicando dos de los tres. Pero el reto está sobre la mesa: tres libros en 12 meses.

Esto es todo por hoy, me gustaría que me comentarais cuáles serán vuestros propósitos literarios para este nuevo año. Y si te ha gustado, comparte.

Un abrazo: David Árper

 

   

Valoración del año

Ya se acaba el 2017

Ya se está acabando el año y no quería despedirlo si hacer una valoración en varios de sus aspectos.

Este año 2017 me ha dado una grata sorpresa y ha supuesto un avance en mi persona en todos sus ámbitos y circunstancias.

Este año ha sido el que me he resultado menos complicado lanzarme a determinadas situaciones y elegir según qué camino.

En definitiva, no me puedo quejar.

En lo personal ha supuesto una evolución positiva en la gráfica de intensidad de mi vida. Pero ese no es el tema a tratar.

Comencé el año con la ilusión que se tiene cuando entregas una obra, en este caso un relato corto, a un tribunal para un concurso, pero pronto dejó de resonar eso en mi cabeza. Esa reverberación fue solapada con un pensamiento. Una macabra imagen que se me vino a la cabeza tras haber investigado sobre sectas y ritos satánicos. El porqué leí esos artículos, todavía es un misterio que hoy bendigo. En ese momento me vi necesitado de desarrollar un relato en el cual poder plasmar esa sangrienta escena. Pero el relato se fue extendiendo poco y poco y al final salió lo que hoy conocemos como Aleóntrica. Obviamente, y después de conversaciones, decidimos que la manera en la que estaba narrada dicha escena en la novela era demasiado obscena y dediqué un tiempo a desleír esos párrafos. Quizá con mejor o peor acierto, no lo sé, pero estoy contento con el resultado. Si queréis y me lo pedís, un día puedo mostrar cómo redacté en el primer borrador dicha escena.

Mientra Aleóntrica cogía forma, comencé a oír un podcast de un chaval que escribía y se autopublicaba y me picó el gusanillo. Pero fué hace seis meses cuando descubrí la “Alianza de escritores independientes” cuando me convencí (me convencieron) a dar a luz esta novelita.

Oí con atención sus primeros episodios y, cuando me sentí preparado, saqué mi perfil de Facebook especifico y serio con el que hoy me he quedado y los agregué los primeros: Alberto Meneses y Jaime Blanch y adquirí una obra de Miguel Ángel Alonso, con la que estrené mi Kindle. Poco a poco fui conociendo a gente maravillosa de este mundillo que me han ayudado desinteresadamente y sin esperar nada a cambio, como es el caso de los autores Vero Monroy y Joaquim Colomer. Hice amigos como Samuel Miralles, con quien tengo conversaciones interesantes.

Lejos de ser número uno en ventas, esta experiencia me hace seguir con ganas de escribir y publicar y, quien haya leído la entrevista que me hizo mi amigo Kiko Prian, ya está en cocina Aleóntrica: Génesis. La segunda parte de la trilogía.

Hace unas semanas tuve el orgullo de poder leer en galeradas y corregir la obra de Mari Cruz Creativa, mi pareja, y ayudarla a iniciarse en el mundo de la autopublicación.

Este año lo comencé leyendo una primera obra de un autor que no conocía y que me gustó bastante, no era autopublicado. Lo acabaré leyendo autores indi: La memoria del destino y su enemigo de Miralles y lo comenzaré con la obra sensación de Monroy: Sierpen, el Rey serpiente.

 

Ya solo queda desearos felices fiestas y un próspero y productivo año nuevo.

Gracias por leerme

David Árper